Día: 07/02/2010

Culos (y II)

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Siguiendo con lo que planteábamos en la anterior entrada, véase en este texto cómo dar valor al culo:

Cuando nació la democracia moder­na, entre los siglos XVIII y XIX, se supo­nía que personas con capacidades acreditadas en su vida privada dedica­rían unos años a los negocios públicos, en caso de ser elegidos por sus conciu­dadanos. Hay países que, de un modo u otro, siguen funcionando así, con políticos que no lo son de por vida y que, para serlo, han tenido que demos­trar antes de lo que son capaces. Aún más importante: asumen que su paso por la política no es definitivo, y están dispuestos a volver a sus asuntos cuan­do el país ya no requiera sus servicios.

En España, mientras, a la política se llega de otra manera. Nuestra democra­cia ha ido diseñando un cursus honorum, una carrera política ideal que nada tiene que envidiar a la de la antigua Re­pública romana. El político típico de ahora sus primeros pasos en las juven­tudes de los partidos, sean estos de iz­quierdas, de centro o de derechas, na­cionales o nacionalistas. Allí los jóvenes tienen la oportunidad de servir de tar­jeta de visita de los líderes y en ocasio­nes, simplemente, de fondo de escena­rio en las campañas electorales. Poco más, la verdad. De hecho, demasiadas veces el que se adentra en mayores hon­duras, haciendo propuestas cargadas de principios o de sentido común, tiende a ser apartado.

Los dirigentes juveniles exitosos ascienden –casi siempre en la segunda mitad de los 20 años– a sus primeros cargos públicos, concejalías y en algunos casos parlamentos autonómicos. Es en esos lugares donde se deciden buena parte de las cosas imponentes para los ciudadanos;  pero además, donde tiene lugar la criba decisiva de lo que será  la futura clase política. Muchos, por supuesto, se quedan en el camino o son desviados a la vida privada. Otros, los preferidos por las direcciones de los partidos, se convierten en políticos profesionales. Y lo hacen, claro, con la vocación decidida de jamás volver a trabajar en otra cosa que no sea la política. Así son nuestros políticos. Y así los votamos.

No podría estar más de acuerdo con el señor Martín Beaumont, firmante del artículo en la revista Época. Del que se deduce que cuantas más posaderas se lamen, más arriba está uno. Así es de triste y mediocre nuestra política. Don Manuel Pizarro equivocó el país: creyó que podría hacer carrera política conforme al subrayado nuestro (que es válido en otros países, pero no aquí), y se ha dado de bruces contra la mediocre realidad de la vida política española. Y que Dios nos ampare cuando la generación LOGSE tome el relevo…

Culos

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Perdonen ustedes el título un tanto ordinario que encabeza esta entrada. Sobre nuestra salva-sea-la-parte se han escrito tantas cosas que parece mentira que alguien como un servidor de ustedes tenga la osadía de querer juntar más palabras sobre ese particular. Sin embargo, la actualidad manda y así la presente entrada estará apuntalada por dos ideas-fuerza:

a) «Las opiniones son como los culos: todo el mundo tiene uno».

b) «Si la mierda tuviese algún valor, los pobres no tendríamos culo».

Incluso cabría añadir, aunque es más bien una consecuencia de lo anterior, «todos los culos tienen valor; pero algunos valen más que otros», parafraseando a George Orwell.

El suyo es uno de los culos más valorados del mundo.
El suyo es uno de los culos más valorados del mundo.

Vamos al lío. Efectivamente, todos tenemos una opinión, fundada o no, sobre algo. Claro que si afirmamos que es opinión lo que está fundado (mayormente en la realidad comprobable), resulta que no hay tanta gente que tenga opinión sensu stricto. Está claro que, por ejemplo, MAFO tiene una opinión más fundada sobre la economía nacional que un servidor de ustedes. Y a pesar de eso, nuestro Gran Timonel y sus adláteres le fusilaron hace cosa de diez meses, aunque ahora acojan a regañadientes las opiniones que entonces les parecieron crimen de lesa zapateridad.

Lo que en nuestro país da valor a las posaderas –puestos a distinguir– es el lugar de asiento. No es lo mismo unas posaderas sentadas en un banco público cuyo propietario está dando de comer a los pajaritos que unas posaderas que se sientan en una silla del consejo de administración de una entidad bancaria. Aunque sólo sea porque a las primeras le pueden caer más patadas que a las segundas.

No obstante, queda claro que en materia de culos el punto más alto del top ten lo ocupan las posaderas que se sientan en la Carrera de San Jerónimo. Para esas posaderas no existía la crisis hasta hace cuatro días. Resulta que ahora la Bolsa ha pegado un zambombazo importante y muchas posaderas sentadas en los honorables hemiciclos se remueven inquietas. Su inquietud es tanta o más que la de los sindicalistas verticales Méndez y Toxo (de éstos sorprende algo más). ¿Cuánto habrán podido perder en Bolsa? Al parecer, si empiezan a manejar la palabra «huelga», aunque todavía sea «un hablar», cabe inferir dos cosas:

a) que se ha acabado el cariño de los sindicatos por el Gobierno.

b) que las pérdidas bursátiles debieron de ser importantes.

¿Y nosotros? Me imagino que nuestras posaderas, las de ustedes y las mías, se remueven inquietas ante algo más perentorio: una situación en la que no terminamos de tocar fondo. Pero estoy seguro de algo: nuestras posaderas están hasta el culo de recibir patadas, tanto directas (paro) como indirectas (las que le dan a ZP en Europa y USA… pero que van a nuestro culo). Estamos hasta el culo de que los políticos sólo hayan empezado a tomar medidas cuando la crisis ha empezado a afectar a su culo. Entonces, díganme ustedes: ¿no es como para mandar a tomar por… ahí a nuestra clase política, económica y laboral?