Diez años


Hoy recordamos a la niña Silvia, que tal día como hoy hace diez años tuvo la «mala suerte» –al decir de los cínicos– de encontrarse con una mochila sospechosa paseando por las calles de Santa Pola (Alicante) y que esa mochila sospechosa explotara arrancándole la vida y la de su abuelo, que la acompañaba. A las 8 de la tarde se celebrará un acto en esa población en recuerdo de Silvia y en apoyo de sus padres, Joaquín y Toñi. Un servidor de ustedes no podrá, desgraciadamente, asistir a dicho acto; pero sí quiere dejar cumplida constancia de cumplir la promesa de acordarse de Silvia e intentar estar en espíritu en su celebración.

Si la violencia etarra no se hubiera cruzado en su camino, hoy Silvia sería una adolescente de 16 años, no muy diferente a tantas otras muchachas que hoy tratan de aprender a elegir un camino en la vida. Probablemente escogería el camino del Bachillerato y de la Universidad. O tal vez hubiera preferido colgar los libros y decir a sus padres: «Mirad, no me gusta estudiar y quiero buscar curro». Lo terrible de la muerte a los seis años es eso: que ya nunca tendremos la certeza de saber qué hubiera escogido esa persona cuando llegara el momento de elegir. Y lo terrible del terrorismo es su indiscriminación: no importa quién seas, ni de qué trabajes, ni quién sea tu familia, o tu filiación política. Si estás en el sitio equivocado en el momento equivocado la bomba se te lleva por delante. Como a tantos ciudadanos de Vallecas. O tantos otros en el Hipercor. O tantos otros en Atocha y Santa Engracia. Ninguna de esas personas era enemiga de la tierra y la patria vasca, como no lo eran los niños que murieron en el atentado a la Casa Cuartel de la Guardia Civil de Zaragoza.

No. Todos ellos, incluida Silvia, fueron víctimas colaterales del conflicto vasco, ese conflicto que ETA y sólo ETA, el último rescoldo del franquismo, mantiene con los Estados español y francés «opresores y torturadores». Aunque más con el nuestro, claro. Que si nosotros tratáramos a los terroristas como los tratan en Francia, pronto se acababa la broma terrorista y el cuento de los recogenueces, incluso de los que lo son ad maiorem Dei gloriam. Pero aquí somos más garantistas que nadie, más «demócratas» que nadie, más «progresistas» que nadie. Al parecer, ante cierta opinión internacional todavía hemos de hacernos perdonar los 40 años de «dictadura franquista». Eso explica probablemente que a uno de los captores de José Antonio Ortega Lara no haya que dejarle morir como a un perro, a pesar de que como a un perro tuvieron al funcionario de prisiones Ortega Lara 532 días en un zulo.

Hoy recordaremos a la niña Silvia, la alegría de sus padres y de todos los que la trataron y conocieron. Y afortunadamente, sus padres se verán acompañados de gente que los aprecia y los quiere. No habrá declaraciones campanudas de políticos con cara de palo hablando de «serenidad y firmeza». El senyor ministre, ese traidor, no será bienvenido en ese ambiente. Todo el mundo sabe que tras la conversación (¿tenida?) con ZP, el Ministerio del Interior ha profundizado en la misma política, a saber: la de convertir a unos asesinos brutales en saqueadores del erario público vestidos de lagarterana –«¿es puta o puta como nosotras?»–. Olvidando que la violencia no es un fin en sí mismo para esas malas bestias, sino un medio para conseguir sus objetivos. Eso sí, sin obligarles a renunciar al objetivo de la independentzia, porque eso es «criminalizar ideas» y nosotros, como somos tan «demócratas» y tan «progresistas», no podemos hacer eso.

Dos palabras más me quedan. La primera para los que hablan del «coñazo de las manifestaciones de las víctimas del terrorismo». Mientras no se haga justicia total y completa con esas personas, las víctimas tienen todo el derecho a manifestarse en demanda de memoria, dignidad y justicia todas las veces que quieran. Mientras quienes han asesinado no paguen conforme a la ley sus crímenes y no cumplan íntegramente sus penas en prisión (que un servidor de ustedes preferiría que fueran de 25 años en vez de 1.000, pero sin beneficios penitenciarios y posibilidad de realizar servicios a la comunidad tales como prevención de incendios), no habrá verdadera justicia. Mientras los tribunales se laven las manos y se excusen en que «ellos sólo aplican la ley» y que «la culpa es de los que hacen las leyes» no habrá verdadera justicia. Mientras un político pueda redactar una sentencia a un juez, no habrá verdadera justicia.

Las víctimas solamente piden eso: justicia. No piden «venganza», como han insinuado algunos miserables a quienes hemos tenido la desgracia de leer. Venganza sería el ojo por ojo. Y ni mucho menos ser víctima del terrorismo es una «profesión» o una «lotería» (Sorrocloco, otro miserable del que no nos vamos a olvidar). Es una desgracia, que no entienden aquellos que creen que ETA nunca les va a matar a nadie o aquellos que, siendo víctimas, resulta que están bien protegidas por el aparato de su partido. Ninguna de esas personas a quienes les mataron un un hijo, un marido, un padre, hizo la cola en el INEM ni tuvo una conversación como ésta:

–¿Y usted de qué quiere trabajar?

–Yo, de víctima del terrorismo.

–¿Y eso? –preguntará, extrañado, el funcionario–.

–Hombre, porque podré salir a protestar todos los días contra el Gobierno, cualquiera que sea su color, y siempre tendré razón, aunque no me hagan ni caso…

Y el funcionario escribirá en la ficha: «Manifestante-agitador social fascista».

Y mi segunda (y última) palabra va para quienes ante un atentado terrorista se apresuran a mirar hacia otro lado y a ser equidistantes. A ésos que acusan de «ser ultras» a quienes piden justicia. A ésos que, mirando a otro lado, creen que están fuera de la quema, porque es mejor no significarse, no levantar la voz (signo inequívoco de que no estamos en democracia). A ésos bastaría con recordarles las palabras de Martin Niemöller. Pero quizá ya sea tarde para esas personas bienpensantes, envenenadas por la corrección política (de uno y otro partido), que en esos sitios consiste en pensar que quien no cree en la fantasmagórica entelequia de Euskal Herría simplemente no tiene derecho a vivir. Con la complicidad de muchos políticos de variado tamaño y pelaje, naturalmente: sin esa inestimable colaboración ETA (aunque ahora traten de encajarle un esmoquin y arreglarle la barba, fuera la txapela y las cananas) ya no seguiría siendo posible. Todos esos que no estarán hoy en Santa Pola a las 8 de la tarde acompañando a Toñi y a Joaquín. Los demás sí estaremos, como siempre, en persona o en espíritu.

Un abrazo, Toñi y Joaquín, y ojalá llegue algún día un Gobierno que os haga la justicia que merecéis. Aunque sepamos bien que «justicia que tarda no es justicia».

6 comentarios el “Diez años

  1. Sólo dos apuntes, que aunque son insignificantes, merece la pena mencionar: Silvia no estaba paseando por las calles de Santa Pola cuando sucedió el atentado. Estaba en su casa, en su habitación, jugando con un primito, al cual, afortunadamente, no le pasó lo que a la pobre Silvia.
    Los padres creemos que si nuestros hijos están en casa y cerca de nosotros, que están o estarán a salvo… ¡Y ya vemos que no siempre es así! Le tocó a Silvia, pero le podía haber tocado a cualquier otra niña. La mía, en aquellos días, tenía cuatro años, y perfectamente podría haber sido una víctima más en potencia, puesto que residimos igualmente en Santa Pola, y a penas cinco minutos antes de la explosión, acabábamos de pasar con el coche por delante del cuartel de la Guardia Civil. Está claro, pues, que no era ni nuestro día ni nuestra hora…
    Y segundo apunte: el señor que también falleció en el atentado, no era abuelo de Silvia ni tenía parentesco alguno con la niña. Era un señor, vecino de Torrevieja, que estaba en la parada del autobús que está delante del cuartel de la Guardia Civil, esperando a que llegara su bus. El señor estaba en el lugar y en el momento más inadecuados… De él apenas se ha hablado y/o habla en las noticias, ni de entonces ni de las que salen periódicamente en los aniversarios, pero creo que igualmente merece ser recordado como lo es Silvia, puesto que ambos, a fin de cuentas, eran dos seres humanos.
    Vaya mi recuerdo para con ambos… D.E. P. siempre…

    • Quizá no me documenté del todo bien al fallar en cuanto al parentesco del señor al que, sin comerlo ni beberlo el pobre, hice abuelo de Silvia. Son cosas que pasan. No quita para que le tengamos también en nuestras oraciones si somos creyentes :)

  2. Pingback: Diez años después | El cántaro del Aguador

Gotas que me vais dejando...

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