Personal

Ten cannots

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Encontrado por ahí. Bien mirado, es lo contrario de lo que hacen los gobernantes batuecos. Y lo peor es que ningún recambio piensa en ello. Evidentemente, no les interesa.

  1. No se puede crear prosperidad desalentando el ahorro.
  2. No se puede fortalecer al débil debilitando al fuerte.
  3. No se puede ayudar a los pequeños aplastando a los grandes.
  4. No se puede ayudar al pobre destruyendo al rico.
  5. No se puede elevar al asalariado presionando a quien paga el salario.
  6. No se puede resolver sus problemas mientras gaste más de lo que gana.
  7. No se puede promover la fraternidad de la humanidad admitiendo e incitando el odio de clases.
  8. No se puede garantizar una adecuada seguridad con dinero prestado.
  9. No se puede formar el carácter y el valor de un hombre quitándole su independencia, libertad e iniciativa.
  10. No se puede ayudar a los hombres permanentemente realizando por ellos lo que éstos pueden y deben hacer por sí mismos.

(William J. H. Boettcker)

Neues Liebeslieder Wälzer, op. 65, de Johannes Brahms

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Como mi compadre Noatodo ha compartido con ustedes los bastante conocidos Liebeslieder Wälzer, op. 52, y ya estamos acercándonos al Concierto de Fin de Año (me ha prometido que, como dirige Barenboim, se va a pasar el concierto roncando en la cama), un servidor de ustedes va a completar la oferta e incluirá los Neues Liebeslieder Wälzer, op. 65, menos conocidos pero igualmente bellos. Con respecto a los primeros, les contaré a ustedes que hace años, cuando yo era (más) joven, cantaba en una agrupación coral y la pieza acabó formando parte de nuestro repertorio. Eso sí, en catalán, porque, ¿para qué íbamos a cantarlo en tudesco, harto complicado, si podíamos hacerlo en la llengua del nostre país? El hecho es que acabo de emocionarme porque he encontrado la partitura con la que cantábamos, en el original alemán y traducción catalana; de tal forma que mi compadre ya tiene la «prueba» que me pedía.

Así que sin más preámbulos les dejo con los Neues Liebeslieder Wälzer, en una versión muy estimable a mi parecer. Los solistas tampoco son conocidos, a diferencia de la versión que ofrece mi compadre, pero creo que la disfrutarán igualmente si, además, tienen delante su partitura.

Wellingtons Sieg oder die Schlacht bei Vitoria, op. 91

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Para celebrar este aniversario del nacimiento de Beethoven (a quien los proabortistas hubieran mandado al cubo de la basura por motivos ya conocidos), no se me ocurre mejor homenaje que rescatar esta pieza, escrita a mayor gloria de Sir Arthur Wellesley, primer duque de Wellington. La pieza describe la última batalla de Wellington contra las tropas napoleónicas en tierra española; pero me permitirán ustedes una cierta licencia poética al decir que la música se adapta perfectamente a otra batalla, la de los Arapiles, que tuvo lugar el año anterior y que D. Benito Pérez Galdós describe con un aliento épico verdaderamente emocionante. Les recomiendo la lectura del episodio final de la Primera serie de los Episodios Nacionales para que capten ustedes el ambiente de la batalla.

Sin entrar en el análisis de la obra, solamente decir dos cosas: la primera, que Beethoven no anduvo muy fino en la elección de los temas musicales, quizá porque la consideraba una obra «menor». El tema que representa al bando inglés es el conocido Rule, Britannia! y es una elección adecuada, así como el God save the King en la parte «victoriosa» o de «ascensión al Olimpo» del gran duque. Que déjenme decir que sería un gran estratega militar, pero un cabronazo en lo político: dado que la mejor tapicería del mundo debía ser la inglesa, dinamitó sin más la Real Fábrica de Tapices de Salamanca, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid.

Sin embargo, para representar al bando francés falló estrepitosamente: ningún francés, salvo el propio Beethoven, cantaría la marcha Marlborough (Mambrú se fue a la guerra, marcha que luego hemos conocido con el menos noble título de Es un muchacho excelente). Mucho mejor se desempeñó Tchaikovsky en ese sentido, que utilizó La Marsellesa en su «ruidosa» Obertura 1812 para representar a los franceses.

Y la segunda es que esta obra fue al parecer un encargo del inventor Johann Nepomuk Mälzel, que había construido una especie de autómata musical, el panarmónico, y pretendía que el compositor le cediera los derechos de la obra (o directamente intentó atribuirse su composición, esto no lo recuerdo muy bien). El caso es que el compositor montó en cólera, le llamó bribón y acabaron en los Tribunales. La sentencia fue favorable a Beethoven, pero ya para entonces éste había reescrito la obra para orquesta. En las grabaciones, como en ésta que les presento, se incluyen 193 cañonazos, tiro más, tiro menos. Aquí tienen la partitura, por si quieren leerla mientras la escuchan:

Alemán, demasiado alemán

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Abrimos hoy este blog mío y de ustedes para conmemorar la muerte de uno de los músicos más influyentes de los últimos doscientos años. No, no se trata de Bono o de Justin Bieber. Para los más despistados, se trata de un señor que nació hoy hace nada menos que doscientos años (es decir, la prehistoria): Wilhelm-Richard Wagner (1813-1883). Un artista amado y odiado por igual, prácticamente sin término medio entre los que lo han probado. El wagnerianismo se ha convertido en una especie de religión, en la que «para los que están dentro ninguna explicación es necesaria, y para los que están fuera ninguna explicación es posible».

Aquí mi comadre Miss Fidget, que por lo visto ni está dentro ni está fuera sino todo lo contrario, explica su relación con el universo wagneriano. Y la fascinación que ejerce todavía después de 130 años de su fallecimiento: todavía hay bandos de «wagnerianos» y «antiwagnerianos» que se reparten tortazos à tout plein a lo largo y a lo ancho del mundo. Eduard Hanslick seguiría disfrutando hoy como un enano. A mi modesto modo de ver, der Fall Wagner puede resumirse en lo siguiente: el Santo Grial del compositor era la Gesamtkunstwerk (obra de arte total); y tan total que necesita el concurso de todas las Musas. Quizá, si viviera hoy, Wagner sería director de cine (y fijo que tendría las manías de Karajan). A todo ello hay que añadir el antisemitismo que ya por aquellos entonces en Alemania cogía vuelo. Wagner no se cortaba un pelo en demostrarlo y Cósima, su segunda mujer, menos aún. La influencia política es lo que hace que ésa sea una obra total, por desgracia para él.

Que con el tiempo apareciese una ideología que tomara ese revoltillo y le diera forma de cruz gamada era cosa que en 1883 no se podía prever. Pero lo que debemos preguntarnos es si la música (el arte, en general) puede estar por encima de la política o, dicho más espiritualmente, «del mundo». Lo ideal es que estuviera siempre por encima; pero si no lo está, ¿convierte eso al compositor en un cómplice? Por poner otro ejemplo: ¿sería cómplice nuestro querido tovarishch Dmitri Dmitrevich de las purgas estalinistas por componer obras ad maiorem Stalinem gloriam, como la cantata de horrendo texto La canción de los bosques u otras obras «patrióticas» en loor del Régimen? A ese absurdo llegaríamos si consideráramos a Wagner «culpable». No podemos acogernos al juicio simplista del tipo: «Si te gusta Wagner eres un nazi». Wagner no es en sí mismo un Entartete Musikant sólo porque el nacionalsocialismo tomó de él lo que le convino y para lo que le convino; como no lo son Mahler, Schönberg o Mendelssohn sólo porque el régimen nacionalsocialista los proscribió por judíos.

Por otro lado y pensando específicamente en Wagner, hemos de anotar aquí la crítica de Tchaikovsky, que no citaré textualmente: «En la obra de Wagner hay muchas ideas, sí; ¿pero dónde está la música?». No es extraño que D. Pío Baroja rechazara a Wagner por esta razón: «no me gusta que me enseñen filosofía cantando». No menos sonada fue la ruptura de Nietzsche con su mentor Wagner, al que el primero glorificó en El nacimiento de la tragedia, fustigó en las Consideraciones intempestivas («Nietzsche contra Wagner») y crucificó finalmente en El crepúsculo de los ídolos. Wagner «había dejado de ser pagano» y eso era un pecado de lesa «wagneridad», sin dejar de adorarlo en el plano estrictamente musical.

De lo que podemos considerar culpable a Wagner es de sumergir al oyente en un mar de sonidos hasta atontarlo durante cuatro (promedio Ring) o cinco (Tristan) horas. Tampoco es por casualidad que al tenor especializado en papeles wagnerianos se le denomine heldentenor (hay que ser verdaderamente un héroe para cantar durante cuatro horas y no romperse las cuerdas vocales) y que ésa sea una categoría específica dentro de las voces masculinas, así como entre las femeninas lo son la soprano de coloratura o la dramática.

Por darles a ustedes un apunte biográfico les diré que, a diferencia de Miss Fidget, mi lamentable disposición para la ópera en general me libró del colocón wagneriano. Así que tanto  para los wagnerianos como para los antiwagnerianos sería, pues, un patético pagano. Mi experiencia con Wagner se reduce a los «fragmentos sinfónicos» habituales (los preludios, oberturas y otros fragmentos de en medio). Para más inri, les cuento que tengo por ahí la versión de Boulez de la Tetralogía del centenario (1983) desde hace un montón de tiempo y todavía no me he sentado a verla (y eso que tiene subtítulos en español).

Sea como sea, los fanáticos encontrarán siempre un argumento a favor de sus tesis. Y por mucho que hoy haya quien se ponga en guardia cuando le mencionan a Wagner (¿por qué no ocurrirá lo mismo con Liszt, cuya música para Les Préludes encabezaba los noticiarios de la UFA?), con la perspectiva que da el tiempo hemos de ser capaces de reconocer algo. Quizá Wagner no sea bocado para un servidor de ustedes, que lo más cerca que ha estado de Wagner ha sido a través de Bruckner-el-de-la-trompeta (quiero creer que fue un apelativo más afectuoso que despectivo); pero lo que no se puede discutir es que hay un antes y un después de Wagner en la música occidental. Nadie, después de él, estuvo a salvo totalmente de su embrujo e influencia; ni siquiera los franceses, a pesar de su prurito, que a través del impresionismo siguieron la ruta hacia la disolución tonal iniciada con el Tristan. La única escapatoria (y ni siquiera absoluta) fue para muchos agarrarse al folklore nacional, especialmente en el caso ruso, que en aquellos tiempos era prácticamente territorio virgen. Aun así y sólo como botón de muestra, nuevamente traeré a colación el ejemplo de Shostakovich: amén de utilizar anagramas musicales (Mahler), se permite citar el tema del destino del Götterdämmerung en el segundo movimiento de su Decimoquinta. Hasta ahí llega el influjo.

Mientras tanto, comparto aquí con ustedes el mismo video que Miss Fidget: Stephen Fry, judío, habla para la BBC de Wagner, una de sus pasiones. Vale la pena que no se pierdan sus reflexiones, dejando aparte el hecho de que «a Hitler le gustara Wagner» (que es parecido a decir «si te gustan los gatos tienes unas profundas pulsiones totalitarias»)…

Querida Mamá

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Con mi madre, en Zaragoza (agosto 2011). Sonriente y feliz de poder cumplir una promesa que le hizo a la Virgen del Pilar.

Todavía no me creo que ya no estés. Igual que si se tratara de una película y me estuviera repitiendo mentalmente «esto no me está pasando a mí». (y quiero convencerme de ello) que estás bien allí donde estés. Se me quedaron cosas en el tintero para decirte, pero así es como Dios dispone las cosas. Tenía la intuición de que aquellas eran las últimas semanas que nos veríamos aquí, pero me daba miedo pensarlo y mucho más mencionarlo, por aquello de que parecía que si hablaba de ello es que «quería verte muerta». Me arrepiento ahora, aunque ya sea tarde, de no haber sido más «valiente» y no haber hablado más contigo de eso, a pesar de que tú ya intuías también y por eso me compraste el traje nuevo tres meses antes de irte. Que sepas que estuve bien guapo en el entierro, afaitat i arreglat, como a ti te gustaba decir.

Sé que has dejado de sufrir. Decías mucho «dejadme morir en paz». Y la verdad: el dolor insoportable, junto con las pruebas, los «trata-mientos» y las visitas médicas, no te parecían otra cosa que marear la perdiz. Estabas cansada y quizá por eso ya no querías luchar más. Ni siquiera sé si cortarte la pierna hubiera sido buen remedio. Quién sabe si al cabo de unos meses hubiéramos tenido que volver para que te amputaran algo más; lo cual, por otro lado, me hace pensar que no sé qué hubiera sido peor: si lo que ha ocurrido o ver cómo poco a poco te iban quitando partes del cuerpo. Lo segundo hubiera sido un suplicio para ti y una tortura china para nosotros. Sé también que a lo último casi ni te enterabas de que te estabas yendo, lo cual es un pequeño consuelo. Me atormenta pensar que no te pude coger la mano antes de irte, que llegué tarde. Pero a lo mejor crees que no importa, que el caso es que llegara al hospital.

Lo peor, por supuesto, es la ausencia. El vacío que dejas es grande en lo familiar e inmenso en lo personal. Nadie puede sustituir a una madre (o un padre), ni en todo ni en parte. Y tampoco se le puede pedir a nadie que cumpla esas expectativas. Tendremos que acostumbrarnos a no verte en el sillón donde te sentabas, a no oír tu conversación sobre sus cosas, a no «soportar» tus interrupciones en la mesa mientras veíamos las noticias, a no llevarte a la peluquería cada 15 días, sin tu músico (André Rieu)… Desde que volvimos del hospital ni siquiera me he atrevido a entrar en la que era (todavía es) tu habitación. Son tantas cosas, tantos pequeños detalles… En el barrio eras conocida y apreciada: de ello da fe que, entre unos y otros, aparecieron ayer en la iglesia casi 100 personas, excusando no pocos su asistencia debido a cuestiones laborales o de salud.

Me quiero quedar con dos recuerdos hermosos. El primero es que siempre fuiste muy detallista con la gente a la que querías. Siempre regalabas una cosita, por pequeña que fuese, a los amigos que te visitaban; lo que se dice «tener un detalle». Te acordabas de los cumpleaños de tus amigas y las felicitabas puntualmente, ya fuera por escrito o por teléfono, sin faltar una sola vez salvo caso de enfermedad. Te hacías fácilmente querer y no siempre fuiste correspondida al mismo nivel; pero realmente nunca te quejabas de eso y persistías en la amistad.

Y el segundo es que siempre me apoyaste en todo aquello que hice o intenté hacer, aunque fuera una estupidez o aunque no entendieses “para qué era eso”. Siempre que te pedí algo, si podías dármelo me lo diste. Sé que estabas muy orgullosa de mí, de que su hijo tuviera carrera aunque no tuviera trabajo; y sé que padecías porque tenías miedo de irte sin verme encarrilado, como lamentablemente así ha sucedido. Aunque hay que decir que estoy en ello, te fuiste antes de que lo consiguiera.

Sea como sea, te has ido y no hay marcha atrás. Permanecerás en el recuerdo de las personas que te quisimos y la vida continuará. Y aunque nunca podremos llenar del todo ese vacío, encontraremos la forma de sobrevivir. Eso sí: en las fechas señaladas tu ausencia dolerá como esa cicatriz que sólo duele cuando va a llover. Con tu marcha se cierra una larga etapa para Papá y para mí de cuidadores y ahora se abren nuevas posibilidades. Tengo miedo, porque nunca realmente había vivido otra cosa, pues siempre había estado muy apegado a ti; pero también sé que no me queda otro remedio que aceptarlo y seguir creciendo para llevar la vida que debo llevar. Sé que estarás tras cada buena oportunidad que se me presente o tras cada buena persona que yo conozca. O por lo menos tengo la confianza de que así será.

Bueno, Mamá. Sé que estás en presencia de Dios, liberada de las cargas y dolores de este mundo. Pídele que te deje velar por Papá y por mí, que buena falta nos va a hacer a ambos cuando empiece el camino duro. Sobre todo, pídele a Dios que no nos deje caer en la desesperanza y que vivamos todo lo que hemos venido a vivir aquí, con la fe y la esperanza de que Dios nos llamará a ambos para que estemos juntos otra vez a su debido tiempo.

Quiero terminar esta carta, ya que la tecnología me lo permite, con esta preciosa música que tú y yo oímos a través del ordenador. ¿Recuerdas? Nos cogimos de la mano y lloramos en silencio, emocionados los dos, igual que ahora se me saltan las lágrimas al recordarlo…

Adiós, Mamá. Hasta que nos volvamos a ver. Te quiero y te echo de menos.

Johannes Passion, de Sofia Gubaidulina

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Un poco a rebufo del compadre Noatodo, yo también afirmo que es un buen momento para oír música religiosa. Él trae a la consideración de sus lectores la magna obra de papá Bach, la Pasión según San Mateo y ofrece dos versiones: la «romántica» (Karl Richter) y la «historicista» (Philippe Herreweghe). Un servidor, para no caer en la repetición y el tópico, somete a la consideración de ustedes una obra completamente distinta: la Johannes Passion de Sofia Gubaidulina, en un acercamiento totalmente distinto del tradicional a la serie de hechos que se narran en el único Evangelio no sinóptico. De la autora, con decirles que es de origen tártaro y además discípula de Shostakovich, ya está dicho casi todo.

Es lenguaje siglo XX, así que no esperen ustedes algo al uso. Nada de líneas melódicas limpias, ni armonía tradicional… Todo lo más, se les pide un oído abierto y sin prejuicios al efecto de que disfruten tanto como les sea posible. Si hay algún consuelo, es que el vídeo incorpora subtítulos… en alemán y no en cirílico. Dirige, eso sí, el gran Valeri Gergiev. Los intérpretes son:

Natalia Korneva (S),

Viktor Lutsiuk (T),

Feodor Mozhaev (Bar),

Gennadi Bezzubenkov (B)

Coro y orquesta del Teatro Mariinski de San Petersburgo.

Y sin más preámbulos, les dejo con esta obra turbadora:

In memoriam 2013

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Hoy quisiera haber dejado la música, suficientemente expresiva del dolor que sentimos los españoles de bien cada vez que llega esta fecha desde hace nueve años. Quisiera rendir homenaje a las víctimas del atentado más sangriento de nuestra «democracia». Pero así como la reivindicación de Miguel Ángel Blanco se acabó con la aparición de los mecheritos, las velitas y las lagrimitas (sinceras las más; las de otros, de cocodrilo), en este caso fue lo mismo: los «golpes de pecho», los mecheritos y las lagrimitas acabaron con la búsqueda de la verdad. Leer el resto de esta entrada »

La tesis prohibida

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Paso a comentarles hoy brevemente el libro La tesis prohibidade mi amigo Blas Piñar Pinedo. No es un libro de muchas páginas (183, para ser exactos). Sin embargo, tiene un problema: que una vez ustedes empiecen a leer no podrán parar de hacerlo; siempre y cuando, eso sí, se alejen ustedes de los ad hominem basados simplemente en su nombre y/o estirpe. Es mi caso, ciertamente: hasta que no terminé de leerlo no paré, y espero que sea el mismo caso de ustedes. Leer el resto de esta entrada »

Op. 46

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Sepan ustedes que he adoptado una curiosa costumbre de mi comadre Miss Fidget: dedicar un post al menos al año a una obra musical cuyo número de opus coincida con los años que se van cumpliendo. Y debo decirles que esto se está convirtiendo en una tarea asaz ardua. Es lo que tiene llegar a Internet (o más exactamente a la blogosfera) convenientemente tarde. Si la administración de un blog me hubiera llegado a los 23, posiblemente tendrían ante ustedes un post con el Concierto para piano nº 1 de Tchaikovsky. O si a los 32 hubiera adoptado esta curiosa costumbre, se hubieran encontrado con un post sobre Los Planetas, de Holst. Pero con 46 tacos como los que cumplí ayer, como les decía, la cosa se complica porque uno debe escoger entre lo inexistente y lo manido (en la parroquia de Nuestra Señora de los Vídeos, se entiende).

Lo mejor de todo, para ustedes sobre todo, es que el opus correspondiente a Shostakovich, que a veces recuerda un poco al protagonista de Aterriza como puedas, son unas canciones que no he podido encontrar en la parroquia, así que se libran ustedes de acabar deseando colgarse de la lámpara del comedor. En cambio, he encontrado y quiero compartir estas dos joyas pertenecientes al repertorio general, porque estoy generoso… y bueno, para que ustedes las disfruten más, qué puñetas. Y además, porque estoy nórdico, qué quieren.

Así que en primer lugar he escogido la primera suite extraída de la música incidental de Peer Gynt, del compositor noruego Edvard Grieg. Probablemente debieran ustedes leer la obra teatral del viejo Ibsen y asombrarse un poco de lo que las calenturientas mentes románticas han hecho con esas dos suites (aunque no pudieron mucho; con Chopin, por desgracia, bastante más). Luego se preguntarán por qué he escogido precisamente En la caverna del rey de la Montaña. Brevemente les contaré que en la obra, en una escena anterior, a Peer Gynt le intenta echar el lazo la hija del Rey de la Montaña (un troll, por cierto). Total, que lo tiene a las puertas del altar y él le dice que de casarse nones, y la música nos habla como el resto de trolls se le quiere echar encima, hasta que acaba huyendo a escape de la cueva.

La segunda es de Sibelius: su suite Pelléas et Melisande, concluida de componer en 1905 sobre la obra homónima de Maeterlinck y con la losa del precedente francés de Debussy. No obstante, la historia vale la pena (no suele haber tragedia sin triángulo amoroso, como aquí lo hay entre Pelleas, su hermano Goulaud y en medio de ambos, Melisande) y la música de Sibelius más.

Sinfonía nº 11 en sol menor, op. 103, «Año 1905», de Dmitri Shostakovich (y II)

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III. Adagio: In memoriam.

Tras el horror descrito en el movimiento precedente, Shostakovich ve llegado el momento de honrar a los muertos. Y lo hace con una cita de una marcha fúnebre revolucionaria: Vy zhertvoyu pali (Caísteis, víctimas) de la cual aquí les dejo el original. El silencio sepulcral en que termina el movimiento anterior comienza con unos pizzicati en las cuerdas graves, parientes del amenazador motivo de los timbales del primer movimiento: Leer el resto de esta entrada »