Ai, la censura (II)


El campanazo

El campanazo del ministro Catalá Polocú ha resultado ser lo siguiente. Ha decidido que los españolitos de a pie debemos estar hartos de desayunarnos todas las mañanas con escándalos judiciales, sobre todo de los de su color. Y ni corto ni perezoso, cual diligente «servidor con objetividad de los intereses generales de la nación», está firmemente decidido a acabar con las temidas filtraciones judiciales. Sí, ésas que permiten que los medios se enteren de lo que ocurre puertas adentro en las Salas de Justicia cuando algún pez gordo está implicado.

¿Y qué se le ha ocurrido en concreto al Ministro? Pues nada más y nada menos que castigar a los medios que publiquen esas filtraciones. Es, simplemente, lo más fácil. El Ministro ha decidido que, como va a ser «imposible» (¿?) determinar el origen de la filtración, hay que proteger a los españolitos de las malas noticias relativas al partido en el Gobierno. No importa quién filtrara el sumario a la prensa: el juez, un funcionario de ese Juzgado (dentro de nada Oficina Judicial), uno de los abogados de las partes… Se prescinde también del hecho de que quien filtra tampoco lo hace por amor al arte o servicio a la nación. Matar al mensajero es lo más fácil, aunque en el Gobierno se pasen por el arco de triunfo el artículo 20 de la Constitución.

Todo lo anterior plantea al menos dos cuestiones: en primer lugar y aunque se haya reculado, por qué «reinstaurar la censura». Es una falacia, porque la censura ya existe en España; y eso tanto a nivel orgánico como objetivo.

A nivel orgánico, consideren ustedes el famoso Consell de l’Audiovisual de Cataluña, el tristemente célebre CAC. Por supuesto que no lo llaman como lo que es, órgano censor, pero a los efectos funciona como tal. No menos censora es la Sección Dos de la llamada Comisión de la Propiedad Intelectual, que nos dice a los españolitos qué podemos y qué no podemos compartir a través de internet. Que si usted hace caso omiso de los requerimientos de esa Sección, puede ser que un día peguen una patada en su puerta los de la Sección Uno, pero no los de la CPI sino los de La Femme Nikita.

A nivel objetivo la censura funciona a otro nivel. Se trata de que, con independencia de que exista un órgano que explícitamente ejerza esa función censora, existen temas que no se tocan. Sin ir más lejos, el tema de los comportamientos poco edificantes de los peces gordos. Un servidor recuerda muy bien que durante muchos años la Real Fauna ha sido tabú. Toda ella se cubría con el uniforme de capitán general que Campechano I sacó en la televisión el 23-F y después de que Sabino le intimara «Pórtate como un hombre. Los hombres no lloran». Luego hemos empezado a saber cositas de unos y de otros… y la verdad, la composición no es muy edificante en conjunto. No debe extrañar, por tanto, que Antonio López, gran artista del pincel, tardara la friolera de veinte años en terminar el cuadro de la Real Fauna. Si quieren otra prueba de que la censura objetiva existe, no tienen más que ver el suceso de la defenestración de Pedro J. Ramírez: las continuas novedades sobre los casos Nóos, los EREs andaluces y la Gürtel hacían peligrar el edificio del consexo. Y se lo quitaron de en medio, sin más.

Gotas que me vais dejando...

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