Burlas anticatólicas (I)


Ser católico en un mundo que, según parece, está dejando de serlo, es buscarse problemas. Por supuesto, no se trata de sacar el hacha y decir que uno es más católico que los demás porque lo proclama a los cuatro vientos. Recordemos siempre aquello de «el que esté limpio de pecado tire la primera piedra». Desde un punto de vista “aséptico”, una religión es «un modo de relacionarse con Dios». Nada objetaríamos a esa definición, pues «religión» viene del latín religare, uno de cuyos significados sería «restaurar la relación con Dios, perdida por nuestra aparición en el mundo como seres separados y solos». Hoy parece ya no importar esa «relación con Dios», al menos en el contexto europeo. Desde la feroz proclamación nietzscheana «¡Dios ha muerto!» hasta la aparición de las bioideologías, que quieren a todo trance ocupar el lugar de Dios, hemos recorrido un cierto camino sembrado de muchos cadáveres (camino fabricado por personas que ni física ni intelectualmente apuntaron al Übermensch del filósofo de Sils Maria).

Volviendo al momento actual les diré que, aunque no estoy seguro de que exista una “conspiración de nivel mundial”, lo que aquí se llamó el famoso contubernio judeomasónico internacional (entre paréntesis: me pregunto qué hacen tantas personas que creen en ese contubernio meneando el rabo y otras cosas en una aplicación -Facebook- creada por un judío -Zuckerberg-), sí estoy seguro de algo: algunos «modos de relacionarse con Dios» están más promocionados que otros. Particularmente el budismo, que no cree que exista un Dios, y el islamismo, que sí cree, pero en un Dios vengador respecto de aquellos que “no le adoran”.

A partir de ahí, llevamos décadas de ataques a la religión católica, a sus representantes y a los feligreses. Ataques en distinto grado: en algunos lugares del mundo se les mata físicamente, como hemos denunciado en este blog; en la civilizada Europa se les margina y señala, que suele ser la antesala de algo más, si somos conscientes de la Historia. Claramente tuvimos esa percepción cuando aquellas creencias que aspiran a ocupar el lugar de Dios se frotaron las manos con el asunto de la pederastia sacerdotal. Hoy, ya pasado el vendaval y contrastados los datos fríos, sólo los fanáticos anticatólicos dicen que «la Iglesia está llena de pederastas». Lo curioso es que nadie diga que no pocos de los pederastas que no son sacerdotes han sido previamente o siguen siendo homosexuales (¿mala propaganda para el negocio LGTBI?). Aunque eso ya es harina de otro costal, que los medios controlados o acollonados por el lobby rosa no se molestan en mencionar.

Gotas que me vais dejando...

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