Burlas anticatólicas (II)


La incomodidad que provoca el catolicismo ha llegado incluso a la vida cotidiana. Dadas las condiciones mencionadas, uno deja de decir que es católico. A ¿nadie? le gusta que le traten de “meapilas” o cosas peores. Se trata al catolicismo como la “enfermedad infantil de la nueva humanidad”. Uno deja hasta de ir a misa; y el que se dice “muy católico” empieza a ser el “héroe” que acude a la misa dominical. Ni siquiera es posible en redes sociales, eso que ahora está tan de moda, pedir un padrenuestro por alguien sin que los fervorosos católicos miren hacia otro lado. Han expulsado a la Iglesia de la enseñanza con el hipócrita pretexto del “adoctrinamiento”, como si no supiéramos lo que hacen en las escuelas catalanas, concertadas o no.

No menos curiosa es la actitud de determinados “ateos” o “agnósticos” (a mí lo de “agnóstico” siempre me pareció algo así como “meterla pero sólo la puntita, por si acaso”) que nos encontramos en nuestra vida diaria. Dicen no creer en Dios; pero su increencia, al contrario de lo que podría parecer, no les ha vuelto más tolerantes, por contraste con el retrato robot que tienen de la Iglesia como “secta oscurantista”, sino más intolerantes, hasta el punto de molestarles que uno simplemente rece sus oraciones en su presencia.

Tal vez la propia Iglesia tiene algo que ver en una especie de política general de “tener la fiesta en paz” y de no poder controlar esos “Estados dentro del Estado” que se han formado en el seno de la propia Iglesia. Pero lo cierto es que el cuello nos lo jugamos todos. Y Dios suele acabar molestando mucho a aquellos que transigen en su catolicismo “por tener la fiesta en paz”.

En este sentido, permítanme comentar que no ayudan las aventurillas que ciertos avezados representantes de la Iglesia hayan tenido con feligresas dispuestas. Me refiero al asunto que ha explotado del ex-Obispo de Palma de Mallorca. En ese asunto, de acuerdo con la información que maneja ahora un servidor, no son de recibo tres cosas:

  1. La actitud del Obispo. Como tal Obispo, pastor de almas, su exigencia moral le obliga a un cumplimiento mucho más estricto de los votos de pobreza, obediencia y, en el caso que nos ocupa, castidad. No está bien y desde luego, si fuera por un servidor, ese Obispo no va de auxiliar a Valencia, sino que es suspendido a divinis y posteriormente enviado a un convento a reflexionar.
  2. La actitud del marido. En nuestra modesta opinión, si el marido hubiera querido arreglar las cosas correctamente, hubiera acudido al conducto eclesiástico reglamentario en vez de dar cuartos de pregonero a la prensa por sus cuernos. Pero es sabido que la venganza es mucho más apetecible que la justicia en determinados casos, sobre todo cuando el hecho vengado no es necesariamente un delito.
  3. La tardanza en resolver de la Iglesia. Dadas las circunstancias del caso, hubiera sido deseable que la Iglesia, tras un período razonablemente corto de investigación, hubiera solucionado el asunto con celeridad. Máxime cuando la Iglesia, como ya hemos comentado está en la mira (telescópica) de ciertos grupos que no pierden ocasión de echar cubos de mierda a la más mínima oportunidad. El problema es que como a los obispos los nombra el Papa, todo está centralizado en Roma; y así es como algunos asuntos, como el de los famosos Legionarios de Cristo se enquistaron hasta que se descubrió el entuerto (un señor a sueldo de ellos que paraba todos los golpes).

Gotas que me vais dejando...

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